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La mujer invisible: maternidad, cárcel y pobreza

  • Foto del escritor: Daniela Rojas Medina
    Daniela Rojas Medina
  • 23 feb
  • 3 Min. de lectura

Ser mujer.

Vivir en la pobreza.

Tener un hijo o hija privado de libertad.

Volver a criar.


Son algunas de las condiciones que caracterizan a las madres sobre las que hoy quiero detenerme a escribir.


En Chile, la población penitenciaria ha aumentado de manera sostenida en los últimos años. Según datos oficiales de Gendarmería, más de 50.000 personas se encuentran privadas de libertad en régimen cerrado, siendo la gran mayoría hombres. Las mujeres representan una proporción significativamente menor dentro del sistema penitenciario.


Si bien no existen cifras públicas actualizadas que indiquen con precisión cuántas personas privadas de libertad son madres o padres, distintos estudios y la experiencia cotidiana muestran que una parte importante de la población penal tiene hijos e hijas. Y eso impacta directamente en la organización de los hogares.


Cuando un hombre es privado de libertad, el cuidado suele recaer casi exclusivamente en mujeres.


Muchas veces en sus madres.En las abuelas.En mujeres que ya habían terminado una etapa de crianza.


Vista panorámica de un centro comunitario donde se realizan actividades de trabajo social
Cargar bolsas es lo visible.  Cargar la culpa, el estigma y la pobreza es lo invisible.



Historias que se repiten


Estas mujeres comparten trayectorias similares.

Embarazos a edades tempranas. Sobrecarga laboral, doméstica o remunerada. Problemas de salud mental que solemos simplificar bajo el término “depresión”.

Hay proyectos de vida truncados.Sueños que no se cumplieron.Rostros que aparentan más edad de la que realmente tienen, porque la desigualdad también deja marcas visibles.


En lo colectivo, la sociedad no solo condena a quien cometió el delito.También condena a su familia.Y especialmente a la madre, por no “haberse hecho cargo”.



Ser madre-abuela


Convertirse en madre-abuela implica una vulnerabilidad particular.

Es comenzar a criar en una etapa de la vida donde ya no se cuenta con la misma energía. Es asumir una maternidad que no fue elegida, que llega abruptamente y se sostiene más por amor que por deseo.


La brecha generacional se vuelve evidente. Hay que volver al colegio, hacer tareas, asistir a reuniones, acompañar adolescencias, negociar permisos, enfrentar rebeldías.


Criar ya es difícil. Criar con la culpa de un supuesto “fracaso” pasado es mucho más duro.

Y entonces aparece un cuidado más rígido. Más vigilante.


“¿A dónde vas?”

“¿Con quién vas a estar?”


Se restringen salidas.Se endurecen normas.Es un cuidado que nace del miedo a que la historia se repita.



Aprender el mundo de la cárcel


Además de criar, estas mujeres deben aprender el funcionamiento del sistema penitenciario.

Aprender a transar.


Transar sus tiempos, compatibilizando cuidados con visitas.

Transar su dignidad, aceptando controles y revisiones corporales para ingresar.

Transar sus proyectos, porque tras la privación de libertad el mundo parece detenerse y obliga a reorganizarlo todo.

Y en medio de eso surgen preguntas difíciles.


¿Cómo se le explica a un niño o niña que su padre está preso?

¿Cómo se habla de delito, pobreza, consumo de drogas o desigualdad?

¿Cómo se explica que la exclusión también es estructural?


Muchas veces no se explica.

Se inventan historias.“El papá está trabajando en el norte”.

Pero el padre no llegará a los cumpleaños.No estará en Navidad.No asistirá al Día del Padre en el colegio.

Y los niños, que perciben más de lo que creemos, comienzan a comprender lo que nadie se atreve a nombrar.



El estigma que también condena


Tener un hijo o hija privado de libertad no solo implica separación familiar y reorganización económica.

Implica cargar con un estigma.

Una condena social por un delito que no se cometió.

Estas mujeres deben sostener económica y emocionalmente a su grupo familiar.Enfrentar discriminación.Responder preguntas.Contener silencios, vergüenzas y temores.

Muchas aprenden a vivir en soledad.A sentir que están en deuda.A aceptar que pueden ser pasadas a llevar “porque sí”.Porque son mujeres.Porque son pobres.Porque su hijo está preso.Y pareciera que ellas también deben pagar.



Reinserción y familia


Cuando hablamos de reinserción social, solemos centrar la conversación en el adolescente o en la persona condenada.

Pero la reinserción no ocurre en el vacío.

Ocurre en un contexto familiar.En hogares que deben reorganizarse.En mujeres que asumen cargas adicionales sin reconocimiento institucional.

Fortalecer procesos de reinserción implica también fortalecer a quienes sostienen desde fuera.



La mujer invisible


Así transita el día a día la mujer invisible.

La madre-abuela que camina hacia el penal con bolsas plásticas transparentes en la mano.

Bolsas que, al igual que ella, parecen a punto de romperse por el peso de lo que les tocó cargar.

Reconocer su existencia es también una forma de justicia social.

 
 
 

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